16 sept. 2012

Rabia


- Tienes que hacer algo con la rabia - le dice Carlos señalándole a la rubia de morros que estaba sentada a su lado.

La rabia, como todas las emociones enquistadas, se personifican. Toman los cuerpos ajenos, se estiran del pelo, patalean hasta aburrir y potencian todo aquello que a una le disgusta. En éste caso, la rabia, se había transformado en una guiri australiana con pecas en las rodillas que balbuceaba incoherencias en un idioma raro. La rabia, olía a anís y tenía unas ojeras de miedo. Laura, que es toda una experta en ésto de observar, se había preguntado cuántas noches en vela podría llevar a cuestas, cuántos placebos, cuántas migrañas, cuántas respuestas no dadas y corazones a medias. La rabia, inmune a sus delirios, se aguantaba el flequillo mientras vomitaba sin mucho estilo, un puñado de realidades.

3 sept. 2012

Mascota 84


No era deseable que los proles tuvieran sentimientos políticos intensos. 
Todo lo que se les pedía era un patriotismo primitivo. 
#George Orwell - 1984

En días como este anhelo el tener una mascota. No sé si por la inquietud que me profesa el deshacerme de ciertas dosis de cariño de tanto en cuánto o si ésta añoranza no es más que la justificación de la pequeña egoísta y su fobia a sentirse sola. 

En cualquier caso, mi delirio mental es caprichoso e insaciable y prosigue con esta dislexia emocional transformándola en desidia. Ya no sólo me inquieta el por qué justo ahora ése deseo, por qué en éste momento. Si no también acertar en mi decisión ante tal abanico de especies y posibilidades. 

No es tarea irrisoria encontrar compañeros de viaje en una ciudad tan impersonal como la que acuna la (in)justicia. Seis edificios cuadrados, sobrios, imponentes, abrigados con un aluvión de ventanas en la que no es complicado imaginar mil ojos inquietos observándote desde cualquier ángulo. El Gran Hermano modernizado y su malegría cargada de falsa buena fe. Seamos sensatos: Sigo anhelando una mascota a pesar de tanto asco, a pesar de su constante exhibición de poder. 

Es justo entonces cuando vuelven a martillear en mi mente sus mil ojos y tras acallar un par de gritos sordos, es cierto que una es capaz de acostumbrarse a éste dolor agudo que es sentir como te aguijonean por dentro. Cómo traspasan tejidos y como – muy poco a poco – van desinflando tus ganas para intercambiarlas por sutil veneno, siempre con la intención de dejarte amordazados los instintos y hasta juraría, los recuerdos. 

Más tarde, cuando te deshaces del viscoso intercambio de fluidos y descubres que tu anhelo no ha sido satisfecho, cierras los ojos, respiras profundo y suspiras por un mundo lobotomizado. Lejos de purgas, de dudas, de credos. Asumes las guerras de la misma manera que haces de la incoherencia tu bandera. También sospechas, pero apruebas, capítulos de ignorancia alimentados a base de vidas y mentes pensantes, ahora, inutilidades venéreas. 

Acudes a un almacén ilegal porque ya es típico saciar anhelos sin resolver los cuentos chinos, ni hacerle caso a los destellos de realidad truncada. Compras una correa y por fin, atas a tu animal acobardado. Lo paseas en pelotas mientras gime supuestos derechos, lo azotas porque tienes sed de venganza, pero también miedo. Verlo sangrar y sentirte feliz, sin dejar de ser un enfermo. Aún así, no te dejas impresionar por su pelo engominado. Es menos que un gusano y hoy, hoy crees firmemente en ello. 

La rabia sólo puede nutrirse de sí misma. Cualquier político puede ser tu esclavo. Colecciona individuos vacíos y te devolverán todo el odio que has cosechado. La ciudad de la injusticia sólo sanciona a los pobres. No hay más vida que la que estás dispuesta a vivir. 

He descubierto que sus ventanas son opacas y que no les importamos un cuerno, que le den por culo a sus mil miradas, sé que también puedo apalearlos, ya no me dan miedo.
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